Hostal de los RR.CC., Santiago de Compostela
José Sierra Pérez impartirá una charla en la Capilla del Hostal de los RR.CC. en el LXVIII Curso U.I. de Música en Compostela-día 10, a las 19´30 h., centrada en el Decálogo musical de Manuel de Falla, Doctor por la Universidad de Alcalá de Henares y Premio Extraordinario por su tesis doctoral La música escénica de Antonio Soler, en el marco del Monasterio de El Escorial, además de realizar estudios de Musicología en el Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde también curso composición y dirección de orquesta, completando estudios de Filosofía y Teología en el Monasterio de El Escorial, con un master en Archivística por la Universidad Complutense de Madrid. Es especialista en música española del Renacimiento y del Barroco, desarrollando su labor con el maestro Samuel Rubio, máxima autoridad en la herencia de Antonio Soler, colaborando en la publicación del Catálogo del Archivo de Música de San Lorenzo el Real de El Escorial, manteniendo una estrecha actividad docente vinculada con el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde es Catedrático de Rítmica y Paleografía durante más de tres lustros. Desempeñó importantes cargos en la Sociedad Española de Musicología, en la que fue Secretario General y Vicepresidente, participando en Congresos Nacionales e Internacionales, centrado su investigación en el Patrimonio Musical del Real Monasterio de El Escorial, sobre el que publicó trabajos de referencia y estudios críticos, consolidándose como uno de los especialistas en este ámbito.
El decálogo musical de Manuel de Falla, término de compleja definición, podrá llevarnos a un enfoque de una ubicación condicionada por el asunto a tratar. El Falla analizado por Eduardo Molina Fajardo, en su publicación Manuel de Falla y El cante jondo, comenta: Tenía Manuel de Falla, al llegar a Granada, una estampa recia, profunda y jonda. Pablo Picasso le había retratado aquel mismo año sentado en una silla campesina, las manos cerradas, en tensión, el busto enhiesto y el rostro expectante, como si escuchase una lejana soleá, como si él mismo, ambientado, pespunteado de ayes angustiosos, estuviese modulando una muda y soterrada canción. Picasso firmó el dibujo el día 9 de junio de 1920 y tres meses más tarde el compositor gaditano se establecía en la colina de la Alhambra. Otro retrato de ese tiempo, el que trazó en 1919, Daniel Vázquez Díaz , que nos muestra también a un Falla muy andaluz, con cierto diluido aire de torero antiguo, pensante y reconcentrado. Ambas representaciones del autor de El Amor Brujo, nos ofrecen ya un hombre físico distinto al parisiense y al madrileño, una cabeza con gesto senequista, noble, de perfiles romanos. El amplio bigote característico de su anterior época había sucumbido poco antes de tomar el tren, con destino a Granada. Quizás había sido la Morilla, quien habría sembrado en su corazón infantil la mostaza del cante jondo. Quizás allí, en la amplia casona gaditana, de cierres altos blanquísimos, la Morilla, sirviente de la casa del niño Manuel de Falla y Matheu, lanzó el dardo de una queja angustiosa, aprendida entre los breñales de la Serranía de Ronda, de donde procedía la moza y que quedó volando ya en la vida del compositor, enhebrado a él por un hilo misterioso.
Falla fue una referencia básica para la generación de jóvenes de la Segunda República y respondiendo a una encuesta realizada en 1929, por La Gaceta Literaria, entre distintas personalidades de las artes, las ciencias y las letras, sobre la juventud española, Falla señala a su juicio: Lo cierto es que sin las dificultases invencibles que nuestros compositores, encuentran en España, la expatriación no les hubiera tentado como suprema esperanza y que gracias a ella, puestos en contacto directo con la música europea, que le forjaría a ver lo que le faltaba a la nuestra para adquirir un valor universal, trabajaron con fe y entusiasmo, encontrando eficaces estímulos, amistades cordiales y, al fin, la publicación y ejecución frecuente de sus obras: ese indispensable campo experimental para la formación del artista. Resulta interesante constatar las coincidencias conceptuales que se dan entre las ideas de Falla, con las manifestadas al año siguiente en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, y con Gustavo Pittaluga, en nombre de los jóvenes músicos españoles que luego se llamarían Generación del 27 o al menos una parte de ella representativa. Falla abogaba por un arte grande y puro, con técnica recia y flexible, al mismo tiempo en un sentido de depurada y audaz renovación: arte del que se elimine todo aquello que el tiempo ha corrompido y en el que, en cambio, resplandezca cuanto resplandezca cuanto representa un valor eterno, fundamental e intangible. Y todo esto, hecho sin miras egoístas, con generosidad, para que cumpla el Arte la única razón de su existencia. Pittaluga, en una charla compartida con otros compañeros de generación, del Grupo de los Ocho, en la Residencia de Estudiantes coincidía entre otras consideraciones en la importancia del conocimiento técnico, pero no una técnica al mismo tiempo férrea y flexible, que permitía avanzar de forma innovadora; el compositor de hoy debe olvidar tanto los viejos tratados como los nuevos, pero después de haberlos aprendido. Aquellos jóvenes que habían sido Salvador Bacarisse Rodolfo y Ernesto Hallfter, Julián Baustista, Juan José Mantecón, Fernando Remacha, Rosa García Ascot y él mismo. Años más tarde y cuando casi todo este grupo había emprendido el forzoso camino del exilio (no se trataba de su dulce expatriación), Julián Bautista ratificará ese papel de inspirador, de referencia inmediata, que se atribuía a un maestro sobre el que pesa el concepto que enlaza con el vínculo tradicional con el lenguaje universal. En Buenos Aires, Falla se impregnará de aquel universalismo puede que distanciado, ciudad que era desde las primeras décadas del siglo, receptora de una burguesía de gran capacidad económica, con cantidad de emigrantes que abonarían ese perfil, y un escritor de consideración apreciable, sería la de Eduardo Blanco Amor, personaje a la búsqueda de sí mismo. Recordaba entonces las ocasiones que pudo asistir a espectáculos de artistas como La Pavlova, Nijinsky; Sigfried Wagner, dirigiendo óperas de su padre; exposiciones de los impresionistas franceses; conferencias de un joven Ortega y Gasset o Clemenceau o asistir al teatro en cinco idiomas.
Ramón García Balado


