Palacio de la Ópera, A Coruña
Concierto en el Palacio de la Ópera de A Coruña- día 20, a las 20´00 h- en el que destaca el francés Thibaut García, interpretando el Concierto de Aranjuez de J. Rodrigo, dirigido por Roberto González-Monjas, completando programa con la Segunda suite de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla y La Mer, de Claude Debussy. Thibaut García recibió consideraciones de la Guitar Foundation of America, la BBC Generation Artist y la Révélation Instrtumentale, de la Victoires de la Musique Classic (2019), fue alumno de Paul FerratOlivier Chasain y Judicaël Perroy, en el Conservatoire de Musique de Dance, en París, y en su trayectoria recibió invitaciones para actual en el Wigmore Hall (Londres), el Konzerthaus Wien, el Théâtre des Champs Elysées, el Thaikovski Hall, de Moscú. Colaboró con artistas como Philippe Jarousky-con el que grabó À sa guitare-; Edgar Moreau, Raphaél Sévère, Marianna Crebassa, Anastasia Kabakina o el Cuarteto Arod. Graba con el sello Warner Classics/Erato desde 2016, y realizó registros como Bach inspirations; Aranjuez (2020), con el que ganaría el Choc Classics, el Diapason d´Or y el Gramophon Editors.
El Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, para guitarra y orquesta, es obra de finales de los años treinta, perteneciente a su último año parisino y que estrenaría el insigne Regino Sainz de la Maza, una rememoración con temples ancestrales que rememora la nobleza de tan singular palacio del XVIII, tres tiempos desde el Allegro con spirito, con acordes de guitarra rasgueados en su entrada en forma repetitiva y en compás 6/8, para ceder protagonismo a la orquesta, a lo largo de todo su recorrido entre pasajes virtuosos y vitalidad rítmica. El Adagio, nostálgico y evocador, guarda un aire hispanizante entre arpegios y acordes del solista, que se repiten entre ornamentaciones, antes de alcanzar el tutti final, a través de una coda aplacible. El Allegro gentile, la propia guitarra apunta a una temática popular, alternando compases sumamente expresivos como el central con tresillos de guitarra, recargados de arpegios en semicorcheas. La Historia de nuestra vida, memoria de Joaquín Rodrigo y Victoria Kamhi, recordaba precisamente la realidad evolutiva de la obra: El Concierto de Aranjuez toma su título del famoso sitio real situado a cincuenta quilómetros de Madrid, camino de Andalucía, particularmente favorecido por los Borbones. Aunque este concierto es un trozo de música pura, sin programa alguno, su autor, al situarlo en un lugar, Aranjuez, ha querido señalarle un tiempo: finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Cortes de Carlos IV y Fernando VII, ambiente sutilmente estilizado de majas y toreros, de sones españoles de vuelta de América. El estreno mundial tuvo lugar el 9 de noviembre de 1940, en Barcelona por Regino Sainz de la Maza y la Orquesta Filarmónica de Barcelona, bajo la dirección de César Mendoza Lasalle. La guitarra, con una audacia sin precedentes, se opone a una orquesta formada por flautín, flauta, oboe, corno inglés, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas y el cuarteto. En todo momento la guitarra es solista, pero la orquesta supone una verdadera delicia, siendo transparente, pero centelleante, en contante chisporroteo.
La segunda suite de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, para entrar en sesión, en principio un ballet en dos cuadros tomado sobre un libreto de María Lejarraga- la mujer en la sombra- y que nos traslada a un relato de Alarcón. Como Tricorne, estaría dedicado a los Ballets Rusos de Diaghilev, en el Alhambra Theatre (Londres), dirigidos por Ernest Ansermet, para un reparto de personajes que tendrá como protagonistas al Molinero, la Molinera, el Corregidor, la mujer del Corregidor, el Petrimetre, rodeados de una corte de vecinos y paseantes. Falla y Diaghilev, se habían conocido durante la primera visita del segundo a nuestro país, llegando de inmediato la posibilidad de una segura colaboración. Previamente, Diaghilev había rechazado el uso de la música de Noches en los jardines de España, proponiendo así un nuevo proyecto. Al igual que El Amor brujo, este segundo ballet queda ubicado en Andalucía, pero sin mayores afinidades, siendo diferentes la atmósfera y el contenido. Falla-Massine-Picasso, habían dejado sello en el Tricorne o el Sombrero de tres picos- ambos títulos equiparables-, una fusión de danza, música y diseño, danzando Massine el rol principal del Molinero. Tambores, trompetas y trompas en la orquesta, palmas en el escenario, castañuelas, gritos de Olé, y una voz en la distancia que anticipa los acontecimientos que van a ocurrir preceden al alzado del telón- al menos sobre el programa-, añadiendo el decorado de una terraza de un molino, con una parra, un pozo y una jaula con un pájaro, para recrear el espacio escénico. Los dos protagonistas principales, aparecen recreando labores cotidianas. Un aspecto de El sombrero de tres picos, que a otro nivel, aporta dos suites orquestales, una Segunda, repartida entre la Danza de los vecinos (Seguidillas); la Danza del molinero (Farruca) y la Danza final (Jota), elección de los números más importantes- por un decir, en preferencia-, para una orquestación de dos flautas, piccolo, 2 oboes , corno inglés, 2 clarinetes, 2 fagotes, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, tímpano, percusión (tambor, tamboril, triángulo), piano e instrumentos de cuerda. Diaghilev y Massine, habían tenido conocimiento del Primer cuadro de El Corregidor y la Molinera (título escogido para la pantomima), casi al mismo tiempo que el borrador de la partitura, fechada el 8 de agosto de 1916, y el borrador del Segundo cuadro, no fue terminado hasta el mes de diciembre, pero su contenido debió haber sido interpretado o mostrado a Diaghliev y Massine, pues al parecer el bailarín daría razones de las alteraciones que deseaba durante el año 1916. Cuando El Corregidor y la Molinera, se estrenó en Madrid, Diaghilev se encontraba en Roma, aunque podría verlo poco después, acompañado por Massine, en Barcelona. Falla entonces, tendría ciertas relaciones poco gratas con él, por la tardanza de seriedad en sus métodos cotidianos. Stravinski, por su cuenta, trabajaba en Suiza en su obra Les Noces.
La Mer de Claude Debussy, obra que en su relación personal nada tendrá que ver con la de Turner o Monet, para quienes el mar, en todas sus manifestaciones era un aspecto crucial de su pensamiento sobre la luz y el movimiento, de todas las grandes obras del autor, es la que muestra con mayor claridad los beneficios de su acercamiento inflexiblemente meticuloso e hiperperfecionista a la composición, la importancia de su orquestación resulta manifiesta si la escuchamos con atención, especialmente en el primer movimiento donde la articulación del diseño formal viene determinada por la orquestación, es como si el autor hubiera zarpado como hubiera hecho cualquiera, sin un claro itinerario en mente. De l´aube à midi sur la mer- título original Mar tranquila en las islas Sanguinarias-, sugiere una progresión hacia la luz del mediodía a través de un desglose temático en dos grandes partes centrales con una gran coda; un tema cíclico aparecerá en medio esbozado por la trompeta entre diversas transformaciones. Cada parte suscita apuntes melódicos entre arabescos de flauta y oboe, en gradaciones sombreadas que se desembocan en un crescendo, evocación y reflejo de las olas y que se recupera al final con un aire solemne a cargo de fagotes, trompas y trombones, con un final imponente por su pleno melodismo. Jeux de vages, se sobrepone al tiempo precedente de forma casi imperceptible por su fluidez que resume sus límites extremos, merced a una pluralidad de episodios y secciones un tanto sorprendentes, por su aire bastante animado lánguido y caprichoso en manos del clarinete, comenzado un desarrollo tomado de ideas anteriores, para entregarse a la trompeta con un protagonismo fundamenta que marca el momento de absoluta luminosidad intensa en forma de reexposición hacia la coda que se va diluyendo. Dialogue du vent et la mer, danza en conversación dentro de un cambio de enfoque, cierre en este especie de tríptico, podrá asimilarse a la forma Rondó, con tres estribillos y dos estrofas encuadradas entre introducción y coda, especie de visión de un caos que presume furiosas fuerzas antagónicas impregnadas por el ímpetu del viento, para un tema cíclico que se manifiesta in crescendo, con una cascada de saltos cromáticos que insinúan esa tempestad, destacando un trino exultante de los instrumentos de metal que cierran con un golpe seco del timbal. Obra de larga gestación, había sido en sus bocetos una propuesta a Colonne, ofreciéndole la orquestación sobre la que estaba trabajando y a Durand, poco después con el título de los tres primeros movimientos: Mer belle aux îles Sanguinaires; Jeux de vagues y Le vent fait danser la Mer.
Ramón García Balado


