Palacio de la Ópera, A Coruña
Concierto de la OSG, dirigida por el estimado Dima Slobodeniouk, quien ofrecerá obras de apreciado repertorio como el Preludio a la siesta de un fauno, de C. Debussy; El Amor brujo, de Manuel de Falla y otras dos de Maurice Ravel, la Rapsodia española y La Valse- Palacio de la Ópera de A Coruña, día 5, a las 20´ 00h-, la delicadeza debussyana nacida en el período que abordaba P e M, con estreno en la Sociedad Nacional de Música parisina, bajo la dirección de Gustav Doret y a la sombra de un posible tríptico inspirado en Mallarmé, con destino al espacio escénico, en esencia un encadenamiento de instantes dispersos aunque manteniendo una unidad formal entorno al Fauno, para ser ejecutada en un solo discurso a través de un hilo conductor expuesto por la flauta a solo, en su rico cromatismo, marcado por un doble arabesco que cubre el ámbito de un tritono. Una respuesta a la sugerencia de un director ingenioso que le llevará a una recreación pastoral, en lo posible, por las matizaciones en las armonizaciones y las estructuras rítmicas, con otro solo de violín delicado que nos conduce a un tritono del oboe, pieza muy apreciada en su brevedad por sus detalles innovadores, aceptando que tal presencia del violín, resulta una sencilla emanación de la naturaleza que en definitiva viene a dar entrada a las propuestas que anuncian las corrientes impresionistas, por su embriagadora sensualidad mientras la orquesta envuelve esa forma de canto con su respuesta, entre escalonamientos y fundidos, con sus luminosas respuestas.
Manuel de Falla- El Amor brujo- nacido como gitanería y que tendrá distintas versiones, en forma de ballet, para Antonia Mercé (La Argentinita) y Vicente Escudero, en los espectáculos Bériza parisinos; la Suite de concierto, en la que se suprimen las dos primeras canciones, para esta obra tan querida que tardará en estrenarse en otro tratamiento. Una gitanería en primera versión (1915), aparecida después de La vida breve, en una especie de apropósito- breve espectáculo teatral de circunstancias-, una versión primera surgida alrededor de una canción y danza para Pastora Imperio, a modo de zarzuela chica, en un acto, para seguir con las versiones de concierto (1916/24), en arreglos para grupos camerísticos, con especial relieve para la versión de concierto de 1916; la de Londres, para orquesta de cámara (1923); la Novisima de Sevilla (1923) o el Ballet pantomima y la última de la Orquesta Bética de Cámara - quedando espacio para una versión de concierto para pequeña orquesta (1917); la , en medio de las disquisiciones con el editor Max Eschig, y del grupo de sus afectos, entre los que aparecía Adolfo Salazar, defensor de la gitanería del año anterior. Una nueva versión que no plantearía perceptible innovaciones, manteniendo el ideario de la primera versión. En lo relativo a la música, destaca la supresión de las Canciones del amor dolido; la de Fuego fátuo, detalles que condicionarán cambios de suma importancia. La sustitución de la voz por instrumentos en pasajes concretos, se añade a una ordenación distinta de los bloques en el cuadro segundo, respetando la sucesión de los episodios. El Amor brujo ampliado orquestalmente para amplia plantilla sinfónica, redunda en el beneficio de la obra, ya desde sus principios un producto sobre la versión culta de ritmos y danzas gitanos, con la ayuda en su tratamiento de los Martínez Sierra- Gregorio y María Lejárraga-, de la simplicidad argumental un poco tópica, la obra hará de Manuel de Falla, uno de los compositores universales, no solo por su técnica depurada y rotunda, sino por la magistral confluencia con la estética del ballet, que se imponía en aquellos años. La mágica poesía del ambiente del Albaicín y del Sacromonte apoyan los elementos sonoros del paisaje que alcanzan trozos como la pantomima o el romance, con una belleza inigualable, aceptando que la obra en su presentación del Teatro Lara madrileño, en abril de 1915, obtendría una fría acogida de público y crítica, una velada del estreno, que quedaría para el recuerdo por la intervención de Rocío la Mejorana, la madre de Pastora; el Vito, hermano de ésta; Agustina y María del Albaicín, gitanas de bellísima planta escénica, contando con la dirección de Moreno Ballesteros, y su hijo Moreno Torroba, acompañando al piano, sobre una escenografía de Néstor. Los malos momentos y los resultados poco afortunados, le animarán a realizar una transcripción para piano y una versión de concierto, para la que se sustituirían las partes vocales, confiadas a instrumentos de la propia orquesta, versiones con las que conseguirá una recepción inmediata.
Maurice Ravel- Rapsodia española, para orquesta- una dedicatoria a Charles Beriot, colega en sus trabajos sobre el piano y que fue escrita en 1907, para ser presentada en el Théâtre Chatelet, bajo la dirección de Edouard Colonne. Cuatro tiempos desde el Preludio en la noche, con un motivo de cuatro notas y cuatro corcheas iguales, que se repiten de forma irresistible por instrumentos de madera y trompas, con respuesta de una cadencia en manos de clarinetes y fagotes, que sugieren una textura misteriosa y sensual, entre pizzicato de chelos dentro de una encomiable economía de medios, de notable belleza. La Malagueña, sinuosa como no puede ser menos, muestra una rica orquestación en especial en la gama de las percusiones hasta la entrada de trompetas, llegando a un glissando de arpas y cuerdas, antes de la irrupción del misterio del tiempo inicial. La Habanera, aporta un ritmo sosegado, con motivos tomados de Sites auriculaires. La Feria, tiempo extenso, nos trae un intercambio entre la exaltación y la languidez, pleno de contrastes ya desde la entrada del flautín, con su tema alegre que tiene respuesta en las arpas, sobre trémolos de violines, que preparan la aparición del resto de los instrumentos orquestales de claro protagonismo, desde una trompa enfebrecida, a los pesados fagotes o la prestancia de los clarinetes que conducen a un fortissimo que anuncia un pasaje meridianamente lascivo, con pujante violencia de una luminosidad irresistible.
La Valse, poema sinfónico coreográfico, obra consecuencia de una invitación de Ferdinand Hérold, quedará destinado a los Conciertos Lamoureux parisinos bajo la dirección de Camille Chevillard, un trabajo largamente meditado en medio de la apoteosis del vals vienés, cuyo título habría de ser otro, asunto que no evitará que pensemos en Diaghilev. En su comienzo, pensaría en un trabajo sobre un argumento que valdría como hilo conductor por su recreación ambiental que poco a poco tendía a disiparse, en medio de una sala a rebosar, con una visión irreal y apabullante, una mimetización de un posible vals vienés, en un notable esfuerzo acrobático. Un pianassimo de profundo misterio, se libera entre dificultades y retazos musicales, desde contrabajos, divididos y con sordina, mientras crece un ritmo obsesivo que se impone con seguridad expresiva, hacia motivos en glissandi de las arpas, con una respuesta de olas de diálogos entre los instrumentos de la orquesta de redondas sonoridades que le conceden una gran amplitud expresiva llena de vigor, destacando el cambio de tonalidades y tiempos o colores sutilmente variados. El autor usa con su ingenio todas las posibilidades de su genio le permite, hasta alcanzar en la cumbre un torbellino expresivo.
Ramón García Balado


