Sala Numax, Santiago de Compostela
Sesión en la Sala Numax para asistir a la proyección del filme de Carl Theodor Dreyer-día 30, a las 19´00 h-, y que avanza el reextreno de la obra participativa en la Igrexa da Universidade, del día 3, A verba que pudo seguirse en la convocatoria 2018, entonces en estreno bajo el título Dic nobis spiritus, de Javier Mª López, entonces con el organista David Maceira Martínez, Andrés Díaz Pazos, responsable de los arreglos y flautista con diseños del propio Javier Mª López Rodríguez, flautista y compositor. Para la cita de la convocatoria actual, contaremos con Verena Grunder, Patricia Nägele y Petra Szovák, como flautistas, Andrés Díaz Pazos, arreglista e intérprete de flauta y el mentado Javier Mª López Rodríguez, responsable de la dirección. La Sala Numax, nos invita al pase de La palabra (Ordet), dentro del capítulo dedicado a la serie O órgano sae a rúa en la que también tendrá cabida al día siguiente el apartado dedicado a la Memoria silente, os órganos de Compostela de fóra, a partir de un lugar de encuentro en A porta do viño (Arco de Mazarelos), para seguir una ruta precisa- 11´00 h-, cuyo evento principal tendrá lugar en la Colexiata do Sar, con una breve intervención musical, que nos recuperará simbólicamente sonidos que pudieron ser escuchados antiguamente en esos espacios. En el Medievo, fuera del perímetro amurallado, tres monasterios compostelenos documentan la existencia de órganos hoy perdidos y que nos ubican en Santa María de Conxo, Santa María do Sar y San Pedro de Fóra.
Ordet (La palabra), de Carl Theodor Dreyer (1955), filme mítico de la escuela danesa, resulta una adaptación de la obra teatral de Kaj Munk, pastor luterano y figura primordial de la resistencia espiritual contra el nazismo de años siniestros, que supondrían su asesinato en manos de la Gestapo, en 1944, llevada al cine por este maestro y premiada con el León de Oro, de Venecia. Presenta una acción que transcurre en una pequeña villa rural danesa, en torno a una familia marcada por las tensiones provocadas por la fe, la razón y la desesperación, explorando el misterio de la palabra como argumento genuinamente articulador: esa palabra que no describe ni acompaña, sino que simplemente actúa y transforma ayudando a conformar lo que sucede. El estilo visual de Dreyer, austero e hipnótico, marcado por una luz de interiores, recuerda la plástica de Vihelm Hammershoi, recreando una atmósfera contemplativa y de espera, provocada por uno de los finales más intensos y conmovedores en la historia del cine.
Dinamarca dio uno de los mayores directores de la historia del cine, Carl Theodor Dreyer, nacido en 1889, justo diez años después que Viktor Sjöström, y su carrera se extendió a lo largo de casi sesenta años, pero su obra no logró conquistar nunca al público, como la de Igmar Bergman. Su filme más importante durante un período fundamental, fue Dies Irae (Vredens dag, 1943), un sombrío y conmovedor estudio de la inhumanidad del hombre que toma como proyecto una historia de brujería. Los daneses, que en aquellos momentos estaban sufriendo la ocupación nazi, probablemente vieron la película bajo una luz diferente que los espectadores de otros países. Ordet (La palabra), de 1955, resultó un remake de la película de Molander de 1943, sobre una obra teatral de Kaj Munk. La versión de Dreyer, es menos naturalista que la de Molander y termina en tono místico con la resurrección de la joven Inger, que se incorpora en su féretro en medio de la austera habitación blanca de la granja de sus padres. Este cine danés, cuenta también con la pareja formada por Astrid y Bjarne Henning, matrimonio en la vida real, y que realizaron unas 29 películas entre 1940 y 1960. Su colaboración fue especialmente fructífera en las películas realizadas para niños y adolescentes, como Palle, solo en el mundo (Palle alene i Verden, 1949); Paw, entre dos mundos (Paw, 1960), siendo Dinamarca quien daría la sorpresa ganando el Primer Premio del Festival de Cine de Cannes, con De Rode Enge (La tierra roja, 1945), que tenía como argumento la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. El cine nórdico, aunque en conjunto los países escandinavos parecen mostrar tendencias similares en la creación del cine, lo cierto es que son infinitamente diferentes lo que permite establecer la diferencia entre unos y otros. Apuntarse a una cierta tradición fílmica, depende de las tradiciones menores que distancia las danesas de las noruegas, a través de nombres como Erik Blomberg y Matti Hassila, en el caso de Finlandia, o en el de Noruega, con Arne Skonen, como realizadores más destacados, durante los años cincuenta, en el seno de todas estas propuestas, sobresale la figura de Carl Theodor Dreyer, por los dos títulos fundamentales: Dies Irae y Ordet (La palabra) que ayudarán a consagrarle aunque no cabe duda que es Suecia quien sobresalga tras la ratificación de figuras como Molander, Mattson, Faustan y Sjöber, a través de unas filmografías de enorme prestigio. Hablando de Bergman, anclados estamos a un filme como El séptimo sello, en la que no sólo descubrimos a un director excepcional, sino, asimismo a toda una pléyade de actores como Bibi Anderson, Harriet Aderson, Ingrid Tullin, Max Sydow y tantos otros, figuras a las que van unidas otras de talla como el director de fotografía y realizador Sven Nykvist o la actriz Mai Zetterling, que convirtieron al cine sueco en uno de los puntales de aquellos años, hasta las nuevas generaciones de Bo Wideberg y Jean Troell. El séptimo sello (Det Sjunde ínseglet), filme de 1957, de Ingmar Bergman, antes de convertirse en película, había sido una obra teatral radiofónica titulada Trämainen (Pinturas sobre madera), título que hacía referencia a las pinturas de las iglesias medievales que representaban la danza de la muerte, los efectos de la peste y los sufrimientos de los pecadores en el infierno. Un título que procede del Apocalipsis a través de los versículos 8, 1-2, y 7- 8, leído por la mujer de Block, justo antes de que la muerte entre en el castillo del Caballero. Emocionante y llena de suspense, El séptimo sello tiene también bastante sentido del humor agrio, como en las escenas cínicas provocadas por el escudero. La evocación del Medievo, posee cualidades casi táctiles, bastante infrecuentes. Quizás podremos encontrar más de un punto en común entre Ingmar Bergman y Carl Theodor Dreyer.
Ramón García Balado

Ningún comentario:
Publicar un comentario