Teatro Jofre, Ferrol
Concierto del pianista y compositor Miguel Matamoro, en el Teatro Jofre de Ferrol, programa de la Asociación Filarmónica Ferrolana, con una obra que define su evolución y tendencias en confluencias de estéticas limítrofes, Cadernos de Loira- día 7, a las 20´30 h-una composición que se pronuncia entre una serie de pasajes en forma de Interludio e improvisación, que arropa otros como Carta a Cervo, Vals, Nocturno, A fábrica y O couto de abaixo. Miguel Matamoro, fue partícipe en el cierre de la pasada temporada del Auditorio de Galicia, en una sesión en la que aportó su obra Endurance- encargo de la RFG, y ofrecida en estreno- junto a Les nuits d´été, de Héctor Berlioz, con la mezzosoprano Marie-Claude Chappuis y el Beethoven de la Sinfonía nº 5, en Do m. Op. 67, bajo la dirección de su titular Baldur Brönnimann, participando previamente en una charla divulgativa ofrecida entre el director y el propio compositor. Miguel Matamoro, natural de Vigo, se licenciaría en composición en la Escuela de Música del País Vasco (Musikene), ampliando en el Centro Katerina Gurska, de Madrid, pudiendo en el ámbito profesional, recibir asesoramientos de otros compositores como Michael Finnissy, Gérard Pesson, Elena Mendoza, Johannes- Maria Staud, Emile Naoumoff, Pierluigi Bilone, Félix Ibarrondo, Ivan Fedele, Narcis Bonet o David Conte. Se especializó en géneros camerísticos, repertorios sinfónicos y obra a solo, recurriendo en su plantel de perspectivas, a lo que le aportan los recursos electrónicos, las especialidades video-artísticas, en las que sobresaldrán trabajos como Onde a espuma non chega- para clarinete, saxofón y trío de cuerdas- Premio de composición EMCW , 2012-; o Duns folios que foron brancos, para coro y orquesta, un encargo con motivo de la conmemoración do Día das Letras Galegas, do Consello da Cultura Galega, de 2018. El espacio de sus composiciones, tienen acogida en certámenes y convocatorias, y en especial por formaciones como Euskadiko Orkestra (Orquesta Sinfónica de Euskadi); Leos Janacek Philharmonic Orchestra; Banda Sinfónica de Valencia; Banda Municipal, de A Coruña, grupos especializados y de reconocida consolidación como Vertixe Sonora; Taller Sonoro; Ocaz Enigma, colaborando igualmente con solistas de trayectoria prestigiada, Sévérine Ballon, Christian Dierstein, Roberto Alonso, Iván Fernández, Maximino Zumalve, Marcel Ortega o Asier Puga.
Pasando a la obra ofrecida como encargo de la Real Filharmonía de Galicia, Endurance, nacía como inspiración de una experiencia transatlántica, auspiciada por Sir Ernest Shakelton, en 1915, que nos trasladaba a una aventura que se había forjado en una pretensión de un largo recorrido de unos 2900 quilómetros llevado a cabo por la tierra Antártica, desde el mar de Weddell hasta el de Ross. Shakelton no estaría solo, ya que contaría con un equipo de voluntarios exploradores de talla similar, un total de 26 entusiastas, los mismos que habían respondido a un anuncio publicado en el London Times, en diciembre de 1913, escueto y atrevido: Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses. Peligro constante. No se asegura el retorno… Una historia de superación humana y resistencia temible, para un barco que encalló, dejando a sus miembros a capricho de las inclemencias. Aquel Endurance, facilitaría a sus tripulantes conseguir la salvación, por la ayuda de los habitantes de un pueblo del Sur de Georgia. Curiosamente, el Endurance, fue rescatado como mito para la historia, en 2022, a 3000 metros de profundidad, en el mar de Weddell. Para Miguel Matamoro, la pieza musical queda construida sobre intervenciones de una sola nota, que permutaba entre instrumentos tal cual como si estuviesen congelados y obligados a intercalarse en colaboración para articular una melodía que nunca llega a completarse, derivando de forma constante en búsqueda de una nueva identidad. Como ese barco atrapado entre las heladas aguas, la obra Endurance resistía la pretendida estabilidad, flotando en un estado de transformación perpetua. Por momentos, el sonido se filtraba entre ecos orquestales, típicos del siglo XX, evocando la fragilidad de una época marcada por la incertidumbre de la guerra, definida musicalmente por los acordes en divisi , sostenidos por largas aportaciones instrumentales, dentro de un tejido de enfrentamiento marcado por la pujanza de los metales, cobrando vida a través de notas fantasmales, ligadas con otras de una resistencia silenciosa, un rechazo del olvido en una actitud de afirmación.
Miguel Matamoro, tuvo también un protagonismo destacado en las actividades de la Fundación Juan March, en el proyecto Compositores sub- 35 (X), en el mes de abril, de 2022, presentando su obra Sottogrido, una sesión en la que también ofrecieron obras Helena Cánovas i Parés; Carolina Cerezo; Carlos Brito Dios; Alberto García Aznar; Nazim Khorassani y Fabiá Santkovsky, contando con un grupo de seis intérpretes dirigidos por Asier Puga, el flautista Bernardo Gómez; el clarinetista Emilio Ferrando; el pianista Juan Carlos Seguro; los violinistas Víctor Parra y Carlos Seco y para el chelo, Zsolt Gabor Totlzer. Su obra Sottogrido, recurría a un material elaborado sobre un núcleo procedente de un sonido que en lo posible para muchos pasaría como inadvertido, tratándose de un crujido de una veleta en el puerto de Aguete (Rías Baixas), una veleta que condensaba parte de las vivencias del propio compositor en el puerto, lo que le hace definir a la pieza como una especie de autobiografía, construida en torno a las posibilidades oscuras de ese crujido, demostrado cómo la experiencia de los espacios, se configuraba muchas veces a través de sus recursos. Los armónicos del violín, que intentaban captar el timbre de la flauta, como un juego de susurros, construyendo el material nuclear inicial que se mantiene a lo largo de toda la obra. Se explora de diversas maneras pero sin perder su anclaje identitario pues la pieza tiene su armazón en torno a ese pequeño motivo. La indicación con que se abre la pieza es sottovoce, como en voz baja hasta llegar a un corte abrupto que invita a un nuevo arranque, casi como si fuese da capo. No obstante, el misterio y la quietud de ese lugar lejano inicial se ha desvanecido. El clarinete bajo y el violonchelo operan como un pulso interno que vuelve elástico el trabajo melódico construido en parte a partir del sonido de la veleta. Se incorpora un nuevo elemento, las dobles cuerdas del violín.
Ramón García Balado

Ningún comentario:
Publicar un comentario